sábado, 4 de febrero de 2012

¿Qué es una Empresa Recuperada por los Trabajadores? (caso Argentina) parte 1

Fuente del artículo original :  http://www.cnt.es/sites/default/files/Estudios-1.pdf
Reflexiones sobre la autogestión en las empresas recuperadas argentinas - pág 60
por Andrés Ruggeri

La denominación empresa recuperada fue acuñada por los trabajadores de los primeros casos que, a fines de la década del 90, se encontraron en el trance de intentar mantener abiertas sus fuentes de trabajo. Para ellos, no sólo estaban intentando recuperar sus medios de vida, sino también una parte importante de la cadena productiva que se estaba destruyendo a ojos vista ante la inacción de muchos y la política deliberada de gobernantes y empresarios.

Hasta mediados de los 90, el neoliberalismo había vencido con extraña facilidad todo intento de resistencia a sus políticas. Pero, a mediados de la década, estas oposiciones empezaron a aflorar, principalmente porque los resultados de tales políticas estaban a la vista de todo el que las quisiera ver: hambre, marginación, desocupación estructural y permanente, desaparición de pueblos enteros al cerrarse fábricas, ramales de ferrocarril, refinerías de petróleo, obras de infraestructura pública, etc.

Comenzaron así a darse las llamadas “puebladas”, levantamientos populares que apelaron al corte de las vías de circulación como una forma posible de exteriorizar los conflictos, ya que huelgas y otro tipo de manifestaciones carecían de sentido fuera del lugar de trabajo perdido. La organización creciente del movimiento “piquetero” comenzó a presionar sobre la estructura política y económica del Estado, al punto que el gobierno de Carlos Menem debió comenzar a interpretar la parte del libreto neoliberal que no había cumplido, las llamadas “políticas sociales”, en realidad no otra cosa que medidas desesperadas de contención social, combinadas con altas dosis de represión.

Claramente estas estrategias de contención resultaron insuficientes y el movimiento de resistencia comenzó a crecer en todo el país. Es aquí donde aparecen las primeras empresas recuperadas. Para los trabajadores protagonistas de estos casos, la opción era clara y desesperante: había que evitar a toda costa el cierre de la empresa, o pasar a formar parte de la gran masa de desempleados y marginados sociales. O se luchaba dentro de la fábrica, o había que tratar de remontar la situación en la calle, junto con millones de ex trabajadores en la misma situación.

A partir de este momento, los trabajadores se enfrentaron con la posibilidad de la autogestión. Se trataba de un camino impensado e, inclusive, no deseado, porque la perspectiva de la lucha inmediata era la continuidad del trabajo asalariado. La autogestión se da, como ya señalamos, en un contexto claramente defensivo y en el cual, para estos trabajadores, cualquier otra opción era peor. La pregunta es, entonces, cuál es la viabilidad y la potencialidad de un proceso autogestionario con estos orígenes y estas condiciones.

(...)

Fue la enorme y profunda crisis que, como corolario lógico de estas políticas caracterizadas por la voracidad de la clase dominante, se desató en los últimos meses del año 2001 la que puso de manifiesto la profundidad y extensión de las ocupaciones de establecimientos por sus trabajadores. La quiebra masiva de empresas, la mayoría en condiciones fraudulentas facilitadas por las nuevas leyes laborales que se diseñaron como instrumentos a exclusivo beneficio de la voracidad capitalista. Los distintos casos se empezaron a conocer entre sí y el ejemplo de los otros daba esperanza a cada colectivo que emprendía esta lucha. Si bien la empresa recuperada reconocía importantes antecedentes en los años anteriores, es la extensión de la crisis de 2001 la que le dio la característica de movimiento y las hizo visibles para otros sectores sociales y para el resto de los trabajadores, llamando también la atención internacional sobre este fenómeno que los trabajadores argentinos estaban generando en un país que, de ser el alumno modelo del FMI pasó a ser el paria de la escena económica internacional, pero objeto de gran atención desde los movimientos sociales y anticapitalistas de todo el mundo.

La visibilidad adquirida en estos conflictos fue posible también por la enorme solidaridad social que despertaron y que aún continúan teniendo. En una sociedad que había tenido como ideal de vida el paradigma del “pleno empleo”, impuesto en la mitad del siglo XX por las políticas más o menos keynesianas del primer peronismo y luego por el desarrollismo, la debacle laboral que significó el neoliberalismo salvaje colocó al trabajo como un valor escaso, y la defensa del empleo como un objetivo de enorme legitimidad para las mayorías sociales. Los trabajadores que resistían con sus cuerpos y con la voluntad de trabajar el cierre de fábricas abandonadas miserablemente por los patrones disfrutaron, entonces, de enorme consenso social, lo que se tradujo en una capacidad de movilización solidaria que multiplicó varias veces su capacidad de resistencia y, en la mayoría de los casos, logró evitar o incluso rechazar las instancias represivas que intentaron el desalojo de las ocupaciones.

El lema “ocupar, resistir, producir” que embanderó el naciente Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas, inspirado en la consigna del Movimiento de los Sin Tierra brasileño, fue la síntesis de este momento de definiciones que consolidó definitivamente la existencia de las ERT.

De acuerdo con los datos de nuestro equipo de investigación, las empresas recuperadas que se calculaban en alrededor de 40 casos en diciembre de 2001 habían trepado a cerca de 120 para principios de 2003, cuando la situación económica empieza a dar alguna muestra de estabilización, crecieron a algo más de 160 a mediados de 2004 y se convirtieron en poco más de 200 en 2010. El número de trabajadores empleados en estas empresas también continuó en crecimiento, tanto por la incorporación de nuevos casos como por la generación de nuevos puestos de trabajo en los establecimientos recuperados, llegando a unos 9400 de acuerdo a los datos más recientes. De esta cifra, unos 2400 responden al crecimiento endógeno.

Las ERT, por otra parte, no son un fenómeno restringido a las zonas industriales de Buenos Aires, sino que se distribuyen, si bien de manera heterogénea, por toda la geografía argentina, incluyendo los extremos norte y sur del país. El grueso, de todos modos, se concentra en el Área Metropolitana de Buenos Aires, respondiendo a la desigual distribución de la infraestructura económica argentina.

Además, se trata de experiencias de trabajadores de muy disímil extracción. Entre las ERT hay industrias metalúrgicas, curtiembres, textiles, frigoríficos, empresas de la industria gráfica, química, de la alimentación, pero también, junto a estos obreros industriales, hallamos escuelas, hospitales, empresas de transporte, gastronomía, logística, hoteles, etc.
(...)

Factores favorables/desfavorables:
- Es difícil encontrar grandes establecimientos, tratándose en su mayoría de pequeñas y medianas empresas, con un promedio de entre 20 y 50 trabajadores. Debido a las limitaciones de inversión. Las empresas grandes que se hallan en manos de los trabajadores pasaron por procesos conflictivos muy difíciles y traumáticos, como Gatic, la antigua licenciataria de Adidas y otras marcas trasnacionales de calzado deportivo, de cuyas 12 plantas originales sólo cinco se encuentran en manos de cooperativas obreras.

- Otro factor que influyó en las posibilidades de triunfo de una ERT fue la vulnerabilidad de la clase política, repudiada en forma generalizada por la ciudadanía, facilitó que los reclamos sociales, incluyendo los de los trabajadores de las recuperadas,

- Una vez lograda la matrícula de la cooperativa, el grupo de trabajadores se halla en condiciones de obtener la tenencia o la continuidad productiva del establecimiento, sea a través de leyes de expropiación o de permisos judiciales. Pero el factor principal para poder asegurar cualquiera de estas salidas es la resistencia de los trabajadores y el no abandono del lugar de trabajo, sea ocupándolo o manteniendo un campamento en la puerta. Es decir, más allá de estas conquistas legales, es la lucha obrera el último garante de la conservación de la fuente de trabajo, esto es solidaridad dentro y fuera del grupo con las acciones promovidas (grupos afines, sindicatos, barrio, universidades).

- La lucha por el acceso a las fábricas a través de leyes de expropiación fue muy costosa pero da sus frutos.

- La respuesta de los sindicatos fue en la mayoría de los casos inexistente o de traición hacia los trabajadores y cómplice con la patronal. Hubo excepciones como por ejemplo la Unión Obrera Metalúrgica de la seccional Quilmes que si lograron establecer cooperativas.

- Si hay algo que los miembros de las empresas autogestionadas reivindican, es su condición de trabajadores. A pesar de ello, las estructuras sindicales tradicionales tienen enormes dificultades para reconocer (y representar) el hecho del trabajo fuera de la relación salarial. El modelo sindical tradicional reduce al trabajador al asalariado, y al afiliado al que puede serle extraída la cotización a través de los mecanismos administrativos garantizados por el Estado. La solidaridad de clase queda fuera de ese modelo, y el trabajador autogestionado es una figura incómoda que muestra claramente este síntoma de agotamiento de las estructuras sindicales que han hegemonizado el movimiento obrero en el último medio siglo.

Proceso de conquista y establecimiento de una ERT:
- Proceso previo al cierre de la empresa: conducido por los empresarios, precarización de las relaciones laborales, tratando de dividir al grupo, separando al personal bajo la complicidad de los delegados sindicales, quema del plantel para conseguir reducir el número de empleados y facilitar el cierre fraudulento. Abandono del mantenimiento de maquinaria, traslados, se toma deuda y no se pagan salarios o se lo hace en forma espaciada. Cuando el conflicto estalla si el colectivo obrero no se mantiene firme las posibilidades de éxito son muy reducidas.

- Casos de división y abandono por parte de los compañeros: Lo más frecuente es que el personal jerárquico y administrativo abandone a su suerte al resto, confiando en su mayor cualificación para conseguir otro trabajo, y son los obreros de planta, los más viejos y los que no tienen adónde ir quienes deben enfrentar todo el proceso. En los casos que ahora son ERT, este momento es decisivo en la conformación del futuro colectivo autogestionado.

- Logro de unión y establecimiento de relaciones horizontales: Las antiguas relaciones entre asalariados se disuelven en un nuevo grupo donde los viejos liderazgos (laborales o sindicales) deben ponerse a prueba o reemplazarse, y una nueva igualdad, impuesta de hecho por las circunstancias, se forma y anula las viejas jerarquías. Es interesante ver como la mayoría de los que actualmente se desempeñan en los consejos de dirección de las cooperativas no tenían puesto ninguno en la vieja empresa, ni eran representantes sindicales. No faltaron los casos en los que los antiguos delegados fueron expulsados y reemplazados por trabajadores elegidos por asamblea. La organización pasa a ser asamblearia y allí se forman nuevos liderazgos. Aquí es donde por lo general se igualan las relaciones entre compañeros e incluso se establecen nuevas solidaridades entre trabajadores que bajo patrón no se conocían o tenían vedado relacionarse entre ellos.

- La segunda prueba de fuego es, una vez ocupado el establecimiento, la reanudación productiva: Es en este momento donde el colectivo formado en la resistencia debe dar pruebas de madurez y visión colectiva. La tarea de la gestión es, por defi nición en el régimen capitalista, exclusividad del capital, y absolutamente ajena al trabajador. Reemplazar esa tarea esencial del capitalista implica la reformulación de la propia concepción del trabajo y del trabajador, pero además la adaptación a condiciones de funcionamiento que implican pensar y dirigir la estrategia empresarial en forma colectiva. Esto no es de ninguna manera fácil, requiere pensarse como sujeto colectivo capaz de
tomar decisiones y asumir responsabilidades. Y, además, insertarse en relaciones de competencia de mercado, por lo general, en inferioridad de condiciones.

- La supervivencia juega, además, una presión sobre el colectivo difícil de soportar, pues cuando aparecen los primeros resultados del trabajo la presión para repartir los escasos ingresos en forma total, llevados de la desesperación, puede impedir la consolidación de la ERT y condenar al fracaso el intento. Es
enorme la voluntad de sacrificio que deben llevar adelante los obreros en estos casos, soportando las presiones de sus propias famitas y de los compañeros más urgidos. Aquí es donde se forja y fortalece la igualdad del colectivo. Pero si este momento decisivo, donde la reciente empresa autogestionada corre el peligro de “comerse” a sí misma, es superado, el camino a la consolidación de la autogestión aparece mucho más claro. La ERT empieza a quedar frente a frente con el desafío de desarrollarse como empresa de gestión obrera.

¿Es posible la autogestión en el marco del capitalismo? ¿De qué tipo de autogestión estamos hablando? ¿Hasta qué punto la presión y la adaptación a las condiciones del mercado impacta sobre estos trabajadores y los convierte en excepciones históricas, islas de solidaridad en el océano de la explotación, quizá, en futuros patrones colectivos, como ha ocurrido con harta frecuencia con las cooperativas tradicionales? Preguntas que la práctica de las ERT nos puede dar indicios de su respuesta, pero que sólo el proceso histórico real podrá responder cabalmente.

siguiente: Los problemas de la autogestión en las ERT

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